martes, 13 de abril de 2010

Tromba

Sólo tierra.

Era un día de tormenta postapocalíptica. Llovía como nunca, como siempre últimamente. No había tintes, sólo quedaba lo verde y lo marrón, lo natural. Sólo tierra. Yo, corría por el parque que da la vuelta al castillo que nunca he visto, como si supiera que no hay mañana, como si quisiera olvidarme del fantasma presente. Entonces, en este desierto húmedo y vacío, un tú más ligero que el de verdad, arrastrado por el peso del núcleo del planeta (no como de costumbre), aparece ante mí. Con ese peso. Enfrentados, sin tocarnos, nos vemos las caras, las almas. Un hilo inflexible, une nuestras miradas, que no pueden despegarse las pupilas ajenas del otro, ni las propias. Respiramos cada uno en nuestra violencia. Respira activamente nuestro cuerpo en su carcasa, sin coraza. Y en el batir acompasado de nuestras respiraciones, las gotas no saben si caer lentamente, amenazantes, o si precipitarse rápido, fuerte, duras, en representación física de la catástrofe. Y entonces, alguien aparece con una radial, corta el cable de acero, y la alucinación visual desaparece -sólo de mi mente, de la que no desapareces-, llevándote lejos del alcance de mi vista. Y aunque, desde que pasó la tempestad, parezco seca, no has de saber, que la aspereza es únicamente el tacto de mi ropa, acartonada tras un temporal de calado hondo. Sólo un conflicto visual, entre un contenido visceral y un continente tras la Pangea. Me fusiono con la tierra, convirtiéndome en barro. Y ya, soy sólo tierra. Sólo, sola, tierra.

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