Agoniza la gárgola un lamento
en su alarido.
La basílica compartida, se convirtió
en precipicio de catedral desamparado,
piedra gris y fría
sobre la que se asoma el monstruo triste
con envoltorio ya de piel.
El brazo de turista quema el fuego
al rozar sin sentimiento su superficie.
Cuando los destellos se apagan,
en la intimidad de una soledad penetrable
que nadie traspasa,
abrasadoras lágrimas
se mimetizan con la niebla disipada
tras erosionar su cuerpo inerte
e infiel al sentir del cincelado inamovible
y obligado.
Sin pretenderlo, desmiente la naturaleza impuesta. No reniega del sufrimiento. Pero sus ojos tristes, delatan su no conformidad.
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