Recorre lentamente su cara,
el movimiento suave y uniforme
que sólo encaja
con la forma de sus penas.
Su sensibilidad,
fina y truculenta,
se forja en la abrasiva maestría
del escozor de la humedad.
Tu adorno, fulgente e indeleble,
se marca en su cara de niño,
lienzo derrotado
por la fuerza de lo que no entiende.
Déjale ya,
y mancha
de una vez,
este suelo de madera.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario