Desazón en un armazón de juncos mojados
extendiendo un brazo al que parte
el corazón no acepta el trabajo forzado
dentro de un puño, cerrado,
golpeando contra el muro de lo vedado.
Por eso los tentáculos del reservado no quieren vínculos,
imposibles de poner bajo llave,
agitan sinuosos y delicados una cucharilla dentro del té
mientras asfixian con un dedo (o así)
cualquier intento de postre.
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