Sólo una sombra erguida,
un agujero
en el decorado plano
de la noche cerrada.
Silueta
perfectamente delimitada
con un bazuca vestido
de silenciador tailandés
en decadencia.
Hambre de buey,
que sabe su nevera
en el pez venenoso
que da latigazos
de cola
que aún pega.
Casi dado por resuelto el solitario,
tu último sueño
te lo revela
inconcluso,
encorsetando
los conceptos.
El hilo de nailon
entre su envase corrupto
y tu aparente inocencia,
-a pesar de la diferencia de tensiones,
a pesar de todo-
encuentra en el óxido
del semiconductor dopado,
el estado de corte.
Entre ventana y ventana,
ya no resbala la seda.
La mirada, derrotada, descansa en el suelo.
En el asfalto, el en negro es aceptable ley si la conoces.
A la vista, manchas de aceite,
densos manantiales deslizantes,
sin indulgencia
hasta secarse;
después de partirte,
cada uno de los huesos
-únicamente eso, tranquilo-.
Hazte esclava de tu nombre.
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